19/01/12
El amor del espejo (5)
Catorce y sus hermanos me guiaron a través del interior del roble, que estaba decorado como si fuera una lujosa mansión. Las paredes eran doradas y había miles de espirales esculpidas en ellas, sin ningún tipo de orden o patrón. El suelo estaba compuesto de pequeños cuadritos plateados y podías verte reflejado en él. Además, había enormes columnas blancas, de porcelana tal vez, larguísimas e inclinadas, retorciéndose hacía todas las direcciones posibles. Algunas ni siquiera conectaban con el techo, salían de la nada en medio de los pasillos de aquel lugar y, desde mi punto de vista, su única función era dificultar el paso. Había todo tipo de muebles extraños, un enorme reloj de arena, un par de pianos de cola… y lo más inquietante, cuadros por todas partes en los que sólo salía una persona, una chica preciosa, pelirroja de pelo súper rizado, de nariz y boca pequeñas y ojos negros enormes. Podías verla montando a caballo, peinando su cabello, escuchando música e incluso jugando a la consola.
Sin parar de caminar le pregunté sobre la identidad de aquella chica a Catorce, que contestó: “Esa es mi madre, la reina abeja bzzz”. Me quedé boquiabierta, en ese instante uno de mis grandes defectos entró en acción… resulta que no sé cómo callarme las cosas que pienso y normalmente tan pronto como algo aparece en mi mente lo digo. Sé que no tuve mucho tacto pero es que no pude evitar decir: “¿¿¿Tu madre???”. El gato abeja no se lo tomó mal, se rió y se apoyó en mi nariz. “¿Qué pasa? Jaja ¿no ves que tiene mis ojos?” no supe qué decir, así que me quedé mirándole como una tonta y simplemente sonreí. Esta reacción hizo que Catorce se sintiera mal creo, “Supongo que mis otros hermanos se parecen más a ella” dijo, con los ojitos brillantes, como si no fuera la primera vez que alguien no veía el parecido.
La idea de un gato abeja nacido de una humana me pareció bastante inquietante, mucho más que la existencia del animal en sí. Quiero decir, era fácil entender que en uno de los mundos espejales hubiera criaturas extrañas, pero que un gato abeja pudiera nacer de una mujer me resultaba inadmisible. En la escuela aprendí sobre la reproducción, sobre los órganos genitales y la gestación y todas esas cosas. Recuerdo que al principio no podía abrir el libro y mirar a los dibujos sin sonrojarme, en cambio algunos de mis compañeros hacían comentarios en plan “¡una polla como una olla!” o “mi pene no podría ser usado de ejemplo porque no cabe en el libro”. Lo peor fue Arturo, como no, en cuanto me vio allí, toda roja, con el libro de texto abierto por la página donde salía un pene con todas sus cosas de pene (el prepucio y todo eso), no se le ocurrió otra cosa que decirme “mírala como un tomate, si seguro que tú te los comes de tres en tres, preñada”. Toda la clase empezó a reírse, mirándome, haciendo comentarios. Sentí como si poco a poco todo mi cuerpo empezara a encogerse, como si todos ellos fueran gigantes, como si yo fuera un minúsculo payaso al que podían aplastar fácilmente.
Como decía, me resultaba inquietante que una humana pudiera dar a luz un gato abeja. Es más, ¿cómo sería el padre? ¿un gato? ¿una abeja? ¿o algo totalmente diferente? ¿y cómo se reproducirían? Miles de preguntas en mi cabeza. Al final pequé de curiosa, como siempre, y le dije a Catorce “¿Y tu padre?”. A lo que él me contestó “¿Qué es un padre?”. En ese momento sí que ya me dejó toda loca. “Un padre, ese señor que se sienta en el sofá a ver el fútbol los domingos por la tarde” le dije. Catorce me miró con cara rara y soltó “qué graciosa eres, no te inventes palabras bzzzz”. Decidí dejar el tema en paz y no hablé más en todo el camino, no quería cagarla.
Los gatos abejas me llevaron a través de varios pasillos y subimos unas escaleras que me parecieron interminables (debería hacer gimnasia o algo). Al final llegamos a un control de seguridad absurdo en el que dos gatos abejas con gafas de sol me hicieron prometer que no llevaba azúcar en los bolsillos y que no le haría daño a la reina abeja. Yo hice lo que me decían, no me gustan los problemas, pero nada más pasar por el control le pregunté a Catorce “¿No íbamos a ver a setenta? No entiendo”. “Setenta es el hijo preferido de nuestra madre, siempre está sentado a su lado” me susurró en la oreja. “¿Eh? Las madres no tienen hijos preferidos. Mi madre nos quiere a todos igual” esto se lo dije sin pensar, pues cada vez que me peleo con mi hermano mi madre nos suelta esa frase y yo ya la tengo interiorizada.
“Que tenga un hijo preferido no significa que no nos quiera a los demás. Sólo significa que le quiere a él un poquito más que a nosotros. Setenta es muy especial…” todo lo que Catorce me decía me sonaba a que intentaba justificarse, gesticulaba de manera rara y movía las patitas al hablar. Es como cuando yo digo que no estoy gorda, que todo es el gas de la cocacola que si dejo de beber cocacola yo me quedo como un palillo. No sé, todo muy raro.
Tuvimos que pasar por un pasillo, cubierto por una alfombra roja, en el que, a cada lado, había más gatos abejas con gafas de sol. Al final de éste se encontraba la reina abeja, sentada en un precioso trono de marfil con innumerables cojines. El trono era enorme, lo que hacía que ella se viera pequeñísima en comparación. Estaba durmiendo y era tan guapa como en los cuadros, llevaba un vestido azul oscuro brillante, pomposo, separado en dos partes por un lazo grande de color negro. En la parte superior, tenía encajes negros que rodeaban su cuello hasta el escote cuadrado. Las mangas del vestido eran cortas, redondeadas y pequeñitas, llevaba guantes largos de encaje negro que le cubrían los brazos casi hasta el codo – como veis me gusta mucho la ropa, pues me fijo mucho en estos detalles. La falda del vestido le llegaba hasta las rodillas, tenía varias capas blancas debajo por lo que abultaba bastante. Entre el relleno de la falda se veían sus piernas, muy muy largas, adornadas por unas medias de color azul claro, no llevaba zapatos. Su pelo era majestuoso, con rizos infinitos y caía a cada lado de su cabeza, sobre la cual tenía una corona azul encima de una especie de lazo negro.
Al lado de la reina había una cesta de mimbre enorme, toda llena de cojines de color rosa oscuro y rojo. En esta yacía un animal que deduje que sería Setenta. Era similar a un zorro, de color anaranjado con orejas negras grandotas y cuatro colas con la puntita de color negro, pero su morro era más bien chato. Tenía unas alas muy monas, pequeñitas, de algodón, que movía lentamente al respirar mientras dormía. O sea, era adorable, tal vez es por eso que la reina abeja le quería tanto.
Al acercarnos a ella abrió los ojos de repente y los clavó en mi con desprecio. “¿Quién eres tú y qué haces aquí niña fea?” al menos no se puede decir que la reina abeja sea una persona que dice las cosas por detrás.
Relato by: Yunae
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09/12/11
Violeta

Duerme, duerme, con tu piel de nieve,
iluminada por el violeta que estalló en el cielo,
sobre pétalos de rosas, de porcelana,
mi pequeña muñeca, sueña.
Rosas negras, azabache, carbón,
la oscuridad de un pasado incierto
que abre una nueva esperanza en la reinvención de un color - el negro.
Después de tanto tiempo,
tocado por alfileres que decían ser dedos,
tu cuerpo es tuyo.
Deshazte en ríos de olvido, mírate en el espejo,
peina tu enredadera de rosas oscuras,
busca en el reflejo de tus ojos,
una palabra,
Para acabar el día.
Y entonces, alza tus brazos,
alza tus brazos y sueña.
Sin sábanas, con la ventana abierta.
Del cielo el resplandor, el violeta celeste.
Que acaricie el desvergonzado viento, con manos de seda,
su vello, el vello de mi bella, mi vello.
Al fin, su cuerpo suyo, de nadie más.
No hay susurros de inciertas esperanzas,
ni sangre, ni locura, sólo besos,
besos de algodón, nata con fresas.
En sus manos de muñeca, frágiles, frías,
no hay esperanzas de cristal.
Se eriza el vello, se encoge,
es un gatito.
Duerme, duerme sin sábanas,
nunca cierres la ventana,
tu cuerpo es tuyo, al fin. De nadie más.
No eches las cortinas, no dejes que entre,
en tu mundo, el azul del cielo, sólo violeta,
violeta es tu nombre, no te olvides.
Azul melancolía, esa no eres tú.
Tú eres violeta, ni día ni noche,
un intermedio. Entre pétalos de rosas,
quiérete, ámate, tú eres tuya.
No hay nostalgia, no te abandones.
No te avergüences, nunca ¿por qué?
¿de qué? No hay motivos.
Blanco escarcha, tu cuerpo
blanco y frío, mi témpano, de hielo, mi escultura.
Nunca más sentirás miedo.
Si tal vez, la soledad te llamara, a media noche, mañana, no sé.
Con el testigo de tu voto eterno, compártete, mi luz,
de amor a tu persona.
Entrañas oscuras, de tus ojos de carbón-
incendiarios-
un reflejo.
Compártete, niña de cristal,
reparte tus besos de amapola por el mundo,
puedes hacerlo, eres libre, no sientas miedo,
si tu amante tus ojos te venda.
Eres tuya, tuya de nadie más.
Mírate.
Nunca,
nunca cierres tu ventana.
Nunca cubras las bellezas de tu cuerpo,
No te sientas mancillada, incómoda insegura,
No te sientas como él,
Pues él no existe.
Ya no existe,
Ya nunca más, es una sombra,
La sombra de un deseo aniquilado,
La sombra de alguien que tú fuiste,
Mas ya no eres.
La sombra de un ente celeste,
un ente que un día fue azul,
pero ahora es violeta.
Poema by: Yunae
Imagen extraída de: http://cuchuma.files.wordpress.com/2009/07/cieloazulvioleta.jpg
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26/11/11
El amor del espejo (4)
“Nadie ha dicho aquí que fuéramos a ir nadando” me dijo Catorce, mientras se elevaba en el aire con tímidos aleteos y zumbaba muy muy fuerte. “BZZZZZZZZZZ” el zumbido más molesto e insoportable que jamás he oído . En cuestión de minutos, tres seres parecidos a Catorce vinieron en dirección a nosotros. Eran enormes, tan grandes como un gato de verdad, pero tenían alas de abeja y su cuerpo estaba cubierto de rayas naranjas y negras. Al final de sus colas había un aguijón blanco, muy similar a los colmillos de un elefante bebé. Uno de ellos era chato, parecía un gato persa de esos peludos que tanto le gustan a mi madre. Pese a tener los ojos entreabiertos, éstos eran enormes, de un color amarillo profundo. Los otros dos se asemejaban a un gato común, como los que corretean normalmente por el parque de al lado de mi casa. Uno de ellos tenía los ojos verdes y un mordisco en la oreja, el otro tenía los ojos azules y la carita llena de manchas al igual que un perro dálmata.
“María Cristina, te presento a Noventa y uno, Cincuenta y dos y Ochenta, estoy seguro de que ellos estarán encantados de llevarte a la colmena ”. El gato persa, Ochenta, me miró con desconfianza y dijo “¿Por qué tu nombre no es un número?”. Contesté de manera inmediata, pues mi madre siempre ha disfrutado mucho contándome historias de cuando era un bebé y por eso conozco al pie de la letra el origen de mi nombre. Mi madre se preocupa mucho por mí, como cualquier madre supongo. Quiero decir, es verdad que en el colegio siempre se andan metiendo conmigo porque estoy gordita y me llaman embarazada y a veces jirafa porque soy demasiado alta, pero mi madre no sabe esto. Ella piensa que soy la delegada de mi clase y que todo el mundo me quiere, porque saco buenas notas y mis profesores siempre hablan bien de mí. No sé, creo que mi madre no entiende que ser inteligente no es guay. Rosario tiene muchos amigos, por ejemplo, y es muy tonta. Rosario es preciosa, su piel es blanca color de nieve, su pelo es rubio, largo y rizado. Parece salida de una película, es una princesa Disney – por favor, no digáis que sigo viendo dibujos animados, hundiríais mi reputación aún más, ya tengo casi trece años y la sociedad espera ver en mí cierto nivel de madurez. Para ser popular lo único que importa es ser bonita y vestir bien, sobretodo donde vivo en Badalona.
Creo que me estoy desviando otra vez. Bueno pues la cosa es que Ochenta me preguntó eso y yo le respondí: “Para empezar, a los seres humanos no se les pone un número como nombre. Eso sería muy raro… nuestros nombres suelen tener un significado o algo. Yo me llamo María Cristina porque a mi abuela le gustaba mucho una canción que se llamaba así cuando era ella joven, la escuchaba siempre por la radio. Una canción que decía “María Cristina me quiere gobernar, y yo le sigo le sigo la corriente, porque no quiero que diga la gente que María Cristina me quiere gobernar”. Al gato no le hizo mucha gracia mi respuesta, se acercó a mí y clavo sus pupilas amarillas en mis ojos. “¿Insinúas que un nombre numérico carece de sentimientos? Mi madre me dio este nombre con el mismo cariño que lo hizo la tuya, incluso con más” me quedé algo perpleja ante esa acusación. “Yo no he dicho eso…” le contesté, mirando al suelo, sentía como mis mejillas hervían de vergüenza. “Nuestros nombres son numéricos porque somos muchos hermanos, la reina abeja tiene un hijo cada dos semanas. No hay tiempo para pensar en nombres” dijo Noventa y uno, mientras se rascaba su carita de dálmata. “Siento mucho lo que he dicho… no pretendo ofenderte. Sólo quiero ir a la colmena para que Setenta me lleve con Blacky”. Los gatos no se hicieron mucho de rogar, aceptaron mis disculpas y entre todos me cogieron como pudieron. Volar por encima del mar me dio bastante miedo, sobretodo porque como ya he dicho no sé nadar. Cerré los ojos tan fuerte como pude y deseé con todas mis fuerzas llegar al roble tan pronto como fuera posible.
Al aterrizar allí sentí un fuerte olor a aceite y sal. Abrí los ojos y vi cientos de gatos abeja, de todos los tamaños y colores, llevando cestas llenas de patatas fritas arriba y abajo. Había algunas que eran como las patatas saladas que hay en las bolsas en el supermercado, como Lays o Pringles. Otras eran muy parecidas a las que hace mi abuela en la freidora de esas crujientes en rectángulos. Incluso llegué a ver algunos gatos transportando patatas bravas.
Me pareció todo una locura, pero esto sólo era el principio. Lo más surrealista de aquel lugar era su monarca, la reina abeja.
By: Yunae
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