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09/12/06
La sonrisa de Bianche
La primavera llegó al jardín de la señora Bianche, miles de margaritas blancas lo adornaban todo llenando la vista de pureza. Roselie estaba sentada en el primer escalón del porche, miraba las mariquitas con ojos curiosos y sonreía felizmente. Lucía una pamela adornada de flores que la señorita Bianche le había regalado para su décimo cumpleaños, un vestido verde esperanza adornaba su pequeño cuerpo regordete y pulseras de colores daban vida a sus muñecas. Iba descalza, le encantaba disfrutar del tacto de la tierra, hundir los pies y sentirse parte de la naturaleza. Bianche lo comprendía, decía que era un cerdito y como cerdito, necesitaba revolcarse en el barro de vez en
cuando para sentirse libre.
Sus mejillas eran rosadas y sus ojos marrones, pero no eran unos ojos cualquiera, brillaban como gotas de rocío. Además, era toda una experta en hacer gañotas y en poner caritas, explotando al máximo su apariencia inocente. Esta gran facultad le servía para conseguir salirse siempre con la suya. Por la tarde, a la hora de la merienda, iba corriendo a ver a la señora Bianche para que le diera galletas. Ésta siempre se negaba, “el exceso de chocolate es malo, te convertirás en una albóndiga andante” solía decirle; pero entonces Roselie ponía la cara más triste que pueda existir en el mundo, ponía morritos y ojos de cachorro y, algunas veces, podía escuchársele un tímido llanto parecido al maullido de un gatito. Era una imagen conmovedora, Bianche nunca podía resistirse pero fingía indiferencia y le decía “te daré un par de galletas, pero no por tus caras, sino porque no podría acabármelas todas y seguramente mañana ya estén blandas”.
A Rosalie lo que más le gustaba del mundo era jugar a hacer dibujos en la arena. Este acto, que a primera vista podría parecer la cosa más simple del mundo, para Rosalie era todo un ritual. Primero se tumbaba en el césped de lado y mientras acariciaba su largo pelo dorado, contemplaba el paisaje durante minutos. Después, se levantaba y daba un salto, para así intentar tocar las nubes, conseguir su belleza y después transmitirla a la arena. Y finalmente se tiraba al suelo –cosa que explicaba los adornos morados de sus rodillas. A Bianche le disgustaba mucho este ritual, así que Roselie lo hacía sólo cuando ésta no estaba en casa. Nadie sabia de dónde había sacado esta costumbre, algunos decían que su madre solía hacer lo mismo con ella, otros que se lo había inventado la niña y las malas lenguas, decían que lo había aprendido en un orfanato. A Bianche no le preocupaba en absoluto lo que dijera la gente – o por lo menos eso decía- lo que sí que le preocupaba es que pensaran que su querida Roselie había estado en un orfanato. La niña, aunque no tenía madre, disponía de todos los mimos y caprichos que quería. Bianche era una vieja cascarrabias, estricta y de carácter introspectivo, pero, sabía recompensar los esfuerzos de Roselie de buena manera. Si bien es verdad que le costaba sonreír o poner cara de aprobación, también es cierto que se esforzaba en demostrar su felicidad a la pequeña. Cuando ésta se portaba bien le acariciaba la cabeza, como si de un cachorrillo se tratara, y, a veces, incluso le daba caramelos.
Aunque los lazos de sangre entre ellas fueran inexistentes, sus caracteres totalmente diferentes y la diferencia de edad abismal, ellas juntas formaban la familia más feliz que jamás se ha podido ver. Bianche y Roselie eran una mezcla entre madre e hija y abuela y nieta, que ablandaba el corazón de cualquiera que las viera. Roselie siempre sonreía y Bianche, aunque no sonreía por fuera, sonreía siempre por dentro.
By: Yunae
11:00 Anotado en Relatos | Permalink | Comentarios (4) | Enviar a Email | Tags: Roselie, abuela, niña, felicidad


