29/12/07

Secuestraré al arcoíris

Lo veré en el cielo, como tantas otras veces lo he visto. Pero, no de la misma manera. Podré alargar mi brazo y acariciarlo con mis dedos, le robaré todos sus colores y me los quedaré para mí. Y después, con un pequeño pincel verde, inundaréb66fa688f1f48817ff2f567ab34d05d2.jpg mi casa de azules, amarillos, rojos y mezclas de tonos alegres que habré robado porque tú los ansiaste… alguna vez.  Secuestraré al arcoíris, sólo para ti.

 

Y así, haré realidad tus sueños en mi mansión de setenta metros cuadrados. Abriremos todas las ventanas para que todo el mundo nos mire con envidia. Para que vean tu felicidad, nuestra felicidad. Para que el aire entre y nos envuelva y baile con nosotras la canción que la lluvia y el sol compusieron en tiempos remotos.

 

Llenaré la bañera de caramelos  y chocolate y nos pondremos el bañador y nadaremos juntas. Lanzaremos golosinas por los aires, cogeremos un empache de dulzura y no podremos parar de jugar y reír.

 

 Después, si nos quedan fuerzas, arrancaremos las cortinas, las cuales habrán sido inundadas de colores arcoíris, para hacernos aquellos vestidos que siempre imaginamos. Saldremos a la calle, cogidas de la mano, saludaremos a todo el mundo y todo el mundo nos devolverá el saludo.

 

Crearé ese mundo para ti, para que vivamos juntas, para que nadie nos haga daño, para que no exista el miedo.  Todo esto, estaría dispuesta a hacerlo por ti, para volver a verte sonreír, para que simplemente… seas mi amiga.

 

 

By: Yunae 

Imagen extraída de: http://img53.imageshack.us/img53/7057/arcoiris2xz1.jpg 

27/12/07

La imaginación... ¿no merece la pena?

Mientras Nadia hablaba, la miraba apoyada en la mesa observando cada pequeño detalle de su rostro. No solía escucharla, prefería mantener la imagen idealizada que me había formado de ella y jugaba a imaginar cómo era y qué cosas le gustaban. A veces paraba de hablar en seco y me decía algo así como “¿Estás de acuerdo?” o583647b18c4b19403fac21b95aa1ed45.jpg “¿No crees?” y yo entonces movía la cabeza asintiendo o negando dependiendo del tono que usara para la pregunta. Con eso ella se contentaba y seguía su monólogo como si nada.

 

A decir verdad,  me había inventado una serie de características y vivencias que había adornado con todo lujo de detalles sólo para ella. Mi Nadia era una chica atenta, educada, inocente y algo tímida. Cuando hablaba se apartaba el flequillo que caía sobre su ojo izquierdo y una preciosa sonrisa hacía aparecer en su pómulo derecho un pequeño agujero. No le gustaba demasiado contar cosas sobre ella y siempre pensaba en los demás e intentaba ayudarles a toda costa sin pensar en lo que esto comportaría. Mi Nadia siempre llevaba vestidos de tonos rosas y lilas, acompañados de unos graciosos calcetines de rayas de colores y un lacito en la cabeza, cuyo color variaba dependiendo de su estado de ánimo.

 

Mi Nadia era una muñeca de esas que puedes dejar sentada encima de la cama con los complementos que más te gusten. Era una hoja de papel en blanco dispuesta a ser cualquier cosa que mi imaginación le dijera, una hoja de papel que nunca me decepcionaría. Era un juego demasiado divertido como para no compartirlo con nadie, así que un día se lo comenté a mi novio. Pero su reacción no fue exactamente la que yo esperaba.

 

Se dejó caer en el pequeño sofá, redondo, de color rojo que había en medio de nuestro salón. Me miraba muy serio, clavando sus negras pupilas en mis manos. “Celeste, no puedes crear la personalidad de alguien así porque sí” al escucharle no pude evitar soltar una de esas risas que sueltan los niños pequeños cuando hacen una trastada y su madre los descubre. “¿No vas a decirme nada? Debería darte vergüenza no escuchar a la gente ¡Celeste por Dios!” cuando vi que iba en serio, me puse las manos encima de las piernas, las estiré y entrelacé mis dedos. “Y según tú, ¿qué debería hacer True?” puede que tomara esta frase como un desafío a su ingenio, no lo sé, quizá no notó que era una pregunta retórica. Pero, True me lanzó una respuesta que, al igual que un dardo, se clavó en el centro de mi mente “Si no quieres ver cómo es en realidad, puede que te pierdas a una persona maravillosa. Y, si no es una gran persona, puede que estés desperdiciando el tiempo que podrías pasar sentada al lado de una.” Me pasó el brazo por detrás de la espalda y mi besó suavemente en la mejilla. Resultó muy convincente.

 

Al día siguiente, un domingo, quedé con Nadia, fuimos a comer a un restaurante italiano como ya habíamos hecho un millón de veces antes. Pero ese día era especial. Ese día yo escucharía qué era lo que Nadia podía ofrecerme, no mi Nadia, sino Nadia.

 

Nadia estaba muy contenta. Me estuvo contando lo que había hecho la noche anterior con sus amigos. “Y llegué a casa a las 7, ¡a las 7 Celeste! ¿Te lo puedes creer? Y llevaba una taja… vomité en el recibidor y luego me resbalé y me caí y me desperté envuelta de vómitos. ¡Jajaja! ¡Deberías haberlo visto celeste! ¡Fue una noche increíble! Ni siquiera recuerdo lo que hice”. Con cada palabra se rompía una pieza del rompecabezas que formaba su imagen en mi mente. Mi dulce e inocente Nadia se desvaneció y en su lugar estaba ella. Mirándome y esperando a que asintiera o negara como siempre. Pero su tono de voz no me decía qué debía responder y sus ojos no eran los ojos que siempre había estado mirando. 

 

Aquella vez le contesté, le miré fijamente y le dije “La imaginación… ¿no merece la pena?”.

 

 

By: Yunae 

 

Imagen extraída de:  http://www.fotomaf.com/albums/MundoMacro/normal_FlorInvierno.jpg

30/08/07

El cambio de Leran

Aviso: Este relato es algo diferente de los demás, como es muy largo iré subiéndolo por partes. Espero que lo disfrutéis.

 

El cambio de Leran

 

Ayer me desperté y al mirarme al espejo descubrí que mis ojos eran verdes. Fue un cambio repentino, de un día para otro mis ojos negros como el carbón se habían vuelto de color aguacate.

La verdad es que nunca me había gustado ese color, tenía demasiado parecido con el césped que pisan los pies sucios de una niña aburrida, como yo.

 

 Resultaría sorprendente pensar que algo tan superfluo pudiera desembocar algún cambio importante en la vida de una persona. Supongo que a cualquier otra no le habría afectado en absoluto - más de dos minutos seguidos- ver que sus ojos ya no eran negros o marrones sino verdes. Pero a mí sí, sentí inmediatamente la necesidad de compararlos con algo que me gustara o que por lo menos fuera positivo. Si hubieran sido azules o grises podría haberlos comparado con el cielo - a veces sereno, a veces tempestuoso- pero no, ¡eran verdes! verdes como las ranas que croan en las sucias charcas, como los saltamontes que se me pegan en el vestido cuando me tumbo en el jardín. Para mí resultaba realmente horrible.

 

 Al final encontré la comparación que más me complacía; era un verde esperanza, una tonalidad clara con degradaciones oscuras. Pero, encontrar algo que fuera de un color parecido a mis ojos no solucionaba realmente mi problema. Mis ojos representaban algo bueno, pero el significado del cambio aún era algo que yo desconocía. Cuando lo pensé fríamente, me di cuenta de que era prácticamente imposible que mis ojos se tornaran verdes de un día para otro sin motivo aparente.

 

 Después de barajar varias posibilidades más o menos coherentes –dentro de lo que cabía-  llegué a la conclusión de que mi cambio tenía claramente una finalidad. Yo era una elegida, aunque no sabía por quién ni por qué, y así fue como supe que jamás volvería a ver el mundo igual que cuando tenía mis preciosos ojos negros. Un nuevo mundo empezaba para mí y para mi mirada campestre.

 

 Cerré la puerta de mi habitación cuidadosamente, girando el pomo dorado con la mano izquierda. Me senté en mi taburete redondo de color rojo y me quedé un rato mirándome al pequeño espejo de bordes amarillos que había colgado en la pared.

 

 Seguramente, la persona que había coloreado mis ojos, lo había hecho con el propósito de volverme más optimista. El filtro negro de mis anteriores esferas oscuras no dejaban que viera con claridad el mundo, pero con este de color verde todo sería diferente. ¡Verde esperanza! Aquella era la comparación que había elegido para ellos, no era verde sapo, ni tampoco verde lechuga, era un magnífico verde esperanza. Todo empezaba a cobrar sentido dentro de mí.

 

 Sí, todavía no había acabado mi transformación optimista. Abrí el tercer cajón de mi escritorio y saqué mi caja amarilla de costura. Unas tijeras. Sujete mis rizos castaños con la mano derecha mientras, con la otra mano, sujetaba el atroz instrumento. Cerré los ojos y conté hasta tres.

 

 Mi cabello afeminado dejó de existir, en su lugar había un corte champiñón un tanto simpático. Cogí mi camiseta rosa y le recorté en la espalda un corazón- un brote de inspiración supongo.

 

 Aunque parezca mentira repito, todo esto hizo que se iniciara en mí una nueva perspectiva de las cosas. Salí de mi habitación corriendo, pasé por el comedor ante la mirada atónita de mis padres y mis hermanos y salí de casa descalza.

 

 Pasee por el vecindario durante horas, mirándolo todo como si fuera la primera vez que lo veía. Me fijé en todos los colores que adornaban mi barrio, en las sonrisas de los niños pequeños, en los nidos que las golondrinas habían construido con tanto esfuerzo, en las piruetas que hacían los perros jugando, en las vecinas cotilleando alegremente, en los hombres jugando a las cartas…

 

 Todo era hermoso, todo estaba lleno de vida. Hasta el más pequeño detalle me hacía feliz. Y podía disfrutar de ello porque yo era le elegida del filtro verde.

 

 Al volver a casa, subí directamente a mi habitación y me lancé encima de la pequeña cama de color pastel. Me quedé tumbada bocabajo durante unos minutos sin poder parar de reír. Había encontrado la felicidad absoluta de un día para otro, de una forma única e impensable.

 

 Entonces escuché que alguien llamaba a la puerta de mi habitación, le dije que pasara, era mi madre. “Leran… ¿qué te ocurre? ¿Por qué te has cortado el pelo y has salido descalza de casa? Me tienes muy preocupada” dijo mi madre frunciendo el cejo. Yo me limité a decirle sonriente: “Mamá, ¿no ves que tengo los ojos verdes? ¡Es un gran cambio en mi vida!”.

 

 Después de eso me puse las manos detrás de la espalda y empecé a juguetear moviendo la pierna derecha. Mi madre me miraba atónita, se me acercó y me acarició la mejilla con la mano izquierda. “Pero Leran, tus ojos siempre fueron verdes”.

 

 

By: Yunae 

 

Continuará

10/08/07

Carta de abril

Mirando tu foto, desearía no haberte conocido nunca. Todo es diferente pero aún en mi corazón queda ese lejano recuerdo de ti y de mí.

 ¿Por qué el amor no existe? Yo llegué a creer que sí, llegué a creer que podía acariciarlo con mis dedos con sólo una mirada tuya, llegué a creer que existía, de verdad. Cuando llamabas a mi puerta y corriendo iba a recibirte y te abrazaba y me besabas y todo estaba bien. Pero ya no.

 
El amor se acabó, o puede que no existiera y tú y yo sólo lo estuviésemos imaginando para escapar de la monotonía de nuestras vidas.

 De pequeña soñaba con encontrarlo, te parecerá una tontería supongo. Disfrutaba de esas predecibles películas de amor, donde todo es romántico y nunca hay problemas. Soñaba que algún día un chico llegaría y me llevaría lejos, para poder soñar juntos. Soñaba que sería feliz solamente sintiéndole cerca, sin hacer nada.

Todo es tan confuso… es como si me hubieran mentido desde el principio.

Nunca imaginé que todo acabaría así. Te juro que llegué a tocar la eternidad en nuestros abrazos. Durante un año fuiste la persona más importante en mi vida, he hecho tantas idioteces por ti… supongo que en el fondo no me arrepiento de ellas. Y ahora…

Te odio y tú me odias también, por lo menos seguimos compartiendo un profundo sentimiento… aunque ya no sea “amor”.

Quizá dentro de unos años nos riamos de esto, o quizá no. No sabes lo que daría porque todo fuera un poco más fácil. Me siento impotente, sólo puedo escribir cartas como esta, que nunca te daré, y quedarme aquí sentada sintiendo que puede que nunca más vuelva a sentir. Me cuesta tanto después de todo lo ocurrido… 

Dices que te decepcionó que te dejara. 

¿Qué se supone que se debe hacer cuando el amor termina? Las películas no me lo enseñaron, dime ¿qué debo hacer? 

Mi corazón estaba atrapado en un zarzal de sentimientos.

Y ahora, mi sinceridad me hace escribirte esto.
 

No entiendo el amor ni te entiendo a ti, ni espero que tú me entiendas tampoco.

Solamente te digo adiós, muchas gracias por el tiempo en el que me regalaste toda esa ilusión que ya no tengo.

 

Hasta siempre.

 

Yunae 

 

Sábado, 15 de abril de 2006

 

PD: Esta carta es real. Fue escrita el día 15 de abril del año pasado, finalmente no te la dí, al igual que otras muchas que ahora quiero compartir contigo. Aunque parezca mentira al final volvimos juntos y hemos estado juntos hasta ahora.
¡Qué manía más tonta que tengo de escribir este tipo de cosas! 

Publico esta carta para darle esperanzas a todas aquellas personas que han cortado y aún se quieren.

El amor es demasiado complicado. 

 

23/07/07

El pequeño Gabriel

En una grande y gris ciudad formada sólo de polvo y humo, estaba el pequeño Gabriel. Esperaba al lado de un cubo de basura, entre miles de gatos sin raza, que alguien llegara para compartir con él su tristeza.fb49873106b8a4455737ca8696dd809f.jpg
 

Llevaba un cascabel en el cuello para recordar por qué estaba solo y  por qué no había nadie a su alrededor a parte de los sucios gatos. Todos se habían marchado, pero en algún lugar de su cuerpo aún quedaba la esperanza de que algún día volverían con un trozo de chocolate.

A veces llovía y hacía viento y no había nada con lo que taparse, pero Gabriel seguía allí esperando.

Pasaron meses, ya no recordaba qué le retenía en ése lugar ni tampoco qué buscaba conseguir sin moverse. Subsistía con las cosas que encontraba en la basura y hablaba con los gatos, los cuales se iban corriendo cuando le veían cerca.

 

Gabriel estaba rodeado de nostalgia, no quería empezar una nueva historia, tan solo quería continuar la que ya había empezado mucho tiempo atrás. Pero, por más que esperaba, sus amigos nunca venían y tampoco podía compartir sus penas con nadie.

 

Una noche mirando al cielo vio una brillante estrella fugaz. Entre toda la oscuridad del firmamento, había un punto brillante que se movía, superando a todos sus compañeros inmóviles, yendo a otro lugar. Gabriel quedó hechizado por el valor de la pequeña estrella. Se dio cuenta de que él era como las que estaban fijas y no se podían desplazar de un lado a otro. Se dio cuenta de que era débil y frágil, de que quizás sus viejos amigos nunca volverían y que tal vez, si quería conseguir algo, necesitaba ser como una estrella fugaz.

 

Entonces, se levantó y tocó su cascabel. Al oír el sonido de este, recordó todo lo que le habían hecho, por todo lo que él había pasado y dio un paso al frente y se prometió a sí mismo que nunca más esperaría y que lucharía por conseguir recuerdos alegres para rememorarlos cada vez que su cascabel sonara.

 

 Relato by: Yunae

Imagen extraída de: http://www.agricaldes.com/images/arpe/picarol.jpg

16/03/07

El trozo de estrella

Quería darte la mano, te miraba, me mirabas. Yo quería darte la mano, llevarte conmigo a cualquier otro lugar. Permanecías inmóvil. Tu nariz estaba roja, tus ojos brillaban, estornudaste. No podía hablar contigo, estabas sentada en frente de mí, pero no podía hablarte, ni tocarte, ni ofrecerte un pañuelo para que te limpiaras. En ese momento yo era muda y tú eras ciega. Tu marido no paraba de gritar. Tu barriga ya estaba crecida, ¿ocho meses? Puede incluso que fueran nueve. Sólo sé que te volviste ciega mucho antes de que tu barriga empezara a crecer.

 

Lucía, tu nombre proviene del lucero del alba. Dime, ¿por qué dejaste de verme? Yo podía verte a ti. Yo podía ver cómo tomabas pastillas de ésas que conceden superpoderes. De las de color rosa con conejos dibujados en el dorso, podía ver cómo jugabas con los chicos y cómo te montabas en coches de colores arco iris. Podía verlo todo, pero tú no podías vermemedium__cosolar.jpg a mí.

 

Día tras día lo intentaba, intentaba saludarte y que me vieras. En casa escribía en mi diario largas conversaciones que podríamos mantener. A veces bajaba a la cabina de al lado de la escuela y te llamaba. Dejaba sonar tres veces el teléfono y colgaba. Un día lo cogiste a tiempo, preguntaste quién era, suspiré, me dijiste que me dejara de bromas. Me puse muy feliz.  

 

¿Por qué cambió todo entre nosotras? ¿Por qué no podías verme? ¿Por qué me ignorabas cuando pasaba por delante de ti? Hubo un tiempo en el que decías que seríamos amigas durante toda la vida. Me cogiste de la mano un día y me pintaste un trozo de estrella en el dedo pulgar. Te pintaste tú otro trozo en el tuyo y luego me dijiste: “separadas somos cada una la mitad de una estrella, no podemos brillar ni acompañar la belleza de la luna. Pero cuando estamos juntas, con nuestras diferencias y nuestras similitudes, podemos formar una estrella completa, una estrella más grande que el sol”. Sentí que seríamos una estrella para siempre. Pero los conejos lunares se metieron en nuestra vida, en forma de pastilla superheroica. Como si el astro tuviera miedo de perder en una batalla de bellezas, nos separó de forma dolorosa y te quitó a ti la vista y a mí la capacidad de hablar. Rodeada de coches arco iris y de cuerpos  lunares, yo seguía viéndote como una estrella que brillaba independiente. Que volaba independiente hacía un precipicio, arrastrada por el aire que enviaba la celosa luna. Y Lucía, no podía avisarte. No podía abrazarte y escucharte llorar, no podía ni siquiera ofrecerte un pañuelo para que limpiaras tu nariz. Tú brillabas sobre mí, me quitaste mi brillo con un pestañeo y aún así yo seguí dibujándome el trozo de estrella.

 

 

¿Recuerdas el día de la consulta? Fue la última vez que te vi. Tú me estabas mirando, yo también lo hacía. Y no podíamos acercarnos y no podía preguntarte qué nombre le pondrías al bebé ni si sería niño o niña. Ese día yo me acariciaba el flequillo, intentando mostrarte mi dedo pulgar, mi trozo de estrella. El médico abrió la puerta y dijo tu nombre. Entraste con él. Estuve esperando hasta que salieras. Miré por la ventana, había un eclipse solar.

Nunca saliste.

 

 

By: Yunae 

09/12/06

La sonrisa de Bianche

La primavera llegó al jardín de la señora Bianche, miles de margaritas blancas lo adornaban todo llenando la vista de pureza. Roselie estaba sentada en el primer escalón del porche, miraba las mariquitas con ojos curiosos y sonreía felizmente. Lucía una pamela adornada de flores que la señorita Bianche le había regalado para su décimo cumpleaños, un vestido verde esperanza adornaba su pequeño cuerpo regordete y pulseras de colores daban vida a sus muñecas. Iba descalza, le encantaba disfrutar del tacto de la tierra, hundir los pies y sentirse parte de la naturaleza. Bianche lo comprendía, decía que era un cerdito y como cerdito, necesitaba revolcarse en el barro de vez enmedium_old_women.jpg cuando para sentirse libre.
Sus mejillas eran rosadas y sus ojos marrones, pero no eran unos ojos cualquiera, brillaban como gotas de rocío. Además, era toda una experta en hacer gañotas y en poner caritas, explotando al máximo su apariencia inocente. Esta gran facultad le servía para conseguir salirse siempre con la suya. Por la tarde, a la hora de la merienda, iba corriendo a ver a la señora Bianche para que le diera galletas. Ésta siempre se negaba, “el exceso de chocolate es malo, te convertirás en una albóndiga andante” solía decirle; pero entonces Roselie ponía la cara más triste que pueda existir en el mundo, ponía morritos y ojos de cachorro y, algunas veces, podía escuchársele un tímido llanto parecido al maullido de un gatito. Era una imagen conmovedora, Bianche nunca podía resistirse pero fingía indiferencia y le decía “te daré un par de galletas, pero no por tus caras, sino porque no podría acabármelas todas y seguramente mañana ya estén blandas”.

A Rosalie lo que más le gustaba del mundo era jugar a hacer dibujos en la arena. Este acto, que a primera vista podría parecer la cosa más simple del mundo, para Rosalie era todo un ritual. Primero se tumbaba en el césped de lado y mientras acariciaba su largo pelo dorado, contemplaba el paisaje durante minutos. Después, se levantaba y daba un salto, para así intentar tocar las nubes, conseguir su belleza y después transmitirla a la arena. Y finalmente se tiraba al suelo –cosa que explicaba los adornos morados de sus rodillas. A Bianche le disgustaba mucho este ritual, así que Roselie lo hacía sólo cuando ésta no estaba en casa. Nadie sabia de dónde había sacado esta costumbre, algunos decían que su madre solía hacer lo mismo con ella, otros que se lo había inventado la niña y las malas lenguas, decían que lo había aprendido en un orfanato. A Bianche no le preocupaba en absoluto lo que dijera la gente – o por lo menos eso decía- lo que sí que le preocupaba es que pensaran que su querida Roselie había estado en un orfanato. La niña, aunque no tenía madre, disponía de todos los mimos y caprichos que quería. Bianche era una vieja cascarrabias, estricta y de carácter introspectivo, pero, sabía recompensar los esfuerzos de Roselie de buena manera. Si bien es verdad que le costaba sonreír o poner cara de aprobación, también es cierto que se esforzaba en demostrar su felicidad a la pequeña. Cuando ésta se portaba bien le acariciaba la cabeza, como si de un cachorrillo se tratara, y, a veces, incluso le daba caramelos.

Aunque los lazos de sangre entre ellas fueran inexistentes, sus caracteres totalmente diferentes y la diferencia de edad abismal, ellas juntas formaban la familia más feliz que jamás se ha podido ver. Bianche y Roselie eran una mezcla entre madre e hija y abuela y nieta, que ablandaba el corazón de cualquiera que las viera. Roselie siempre sonreía y Bianche, aunque no sonreía por fuera, sonreía siempre por dentro.

 

By: Yunae 

06/05/06

Lo siento

Perdóname mamá, rompí el cielo.

 

Solamente quería alcanzar una de esas nubes de algodón de azúcar y morderla inundando así mi boca de dulzura. Rompí el cielo, y sólo conseguí que millones de lágrimas celestes inundaran el mundo. Ni si quiera sé como podría arreglarlo, o simplemente si se puede. Quería hacer mío el celeste reino, soñaba con alcanzarlo desde mi cama de hierbajos en el jardín. La grandeza de ese lugar me hacía sentirme tan pequeña y a la vez tan libre… el cielo que siempre me había impresionado; ahora está roto. De mañana, de mediodía, de tarde y de noche, siempre majestuoso, me estaba llamando. Una vez me dijiste que cuando las personas mueren van al cielo, yo deseaba morir para alcanzarlo. Cuántas veces me dibujé en la muñeca una línea de puntos, ¿cuántas? Sólo debía trazar el corte exacto para llegar allí, era mi billete de viaje. Pero tenía miedo, pavor, a la sangre… tumbada en mi cama de hierbajos le di un millón de vueltas al asunto. Necesitaba visitar el cielo, sentía que mi cuerpo, mi alma, siempre habían pertenecido a ese lugar celeste.

 

Evocando el más triste de los sentimientos posibles, un día al fin tuve una idea: si yo moría iría al cielo, por lo tanto si el cielo moría tendría que venir a mí.

A partir de entonces mi vida consistió solamente en idear planes para destruirlo. Una tarde de junio, me tumbé en mi habitación, en mi cama de sabanas blancas, y miré hacia la ventana. Las nubes se reflejaban en ella, y se movían enérgicamente, paseando acompañadas del viento. Ese era el momento idóneo para ejecutar mi plan, estaba sola en casa así que no habría testigos que pudieran denunciarme. Cogí mi pelota de tenis y conté hasta tres, luego la lancé con todas mis fuerzas. Un sonido estruendoso, a continuación; silencio.

Rompí el cielo.

Miles de añicos de cielo se esparcían a sus anchas en mi habitación. El plan había funcionado, el cielo estaba conmigo. Me asomé por la ventana y todo era oscuridad, el suelo estaba lleno de nubes de algodón… pero las tinieblas me asustaban.

 

Cogí mi linterna y me dispuse a salir a la calle. Miraba a todos lados de forma paranoica, no había nadie. Pisé algo blandito y pegué un bote, lo alumbré con mi linterna, era una nube. Una nube, y era mía, le arranqué un trocito pequeño y me fui corriendo a casa. Cerré la puerta con llave, fui hasta la cocina a buscar la escoba y recogí los pedazos de cielo de mi habitación. Guardé un fragmento pequeño en el cajón de mi escritorio y el resto lo tiré a la basura, ya sólo eran cristales azules. Luego cerré las cortinas y volví a tumbarme en la cama.

La verdad es que no sé si estaba feliz o triste, romper el cielo no había resultado tan bonito como yo creía. Mordí la nube… era insípida, los sueños no son tan hermosos una vez realizados. La majestuosidad del reino celeste se veía diferente desde la tierra, ahora se había convertido en algo tan común como un mísero insecto. Era como estar en otra dimensión, los pájaros callaban y el silencio lo invadía todo. No había gente por ningún lugar, solamente estábamos yo y mi pedazo de cielo.

 

Desde el centro de mi egoísmo, alojado en mi trocito de cielo, te escribo mamá. Siento mucho haberlo roto, pero sé que volvería a hacerlo. Espero que entiendas lo que mi corazón siente, estoy sola, pero sigo soñando con volar por el cielo y morder las insípidas nubes. Sigo soñando con devolver el cielo a su estado natural, devolver aquel lugar que tú y yo habíamos idealizado.

Sigo soñando con verte allí, mamá, mi ángel. Intenté realizar nuestro sueño, quiero que sepas que te quiero.

 

 

Tu hija; Nube.

 

By: Yunae

 

Imagen extraída de: http://mianmian.deviantart.com/art/Sorry-Mum-I-ve-broken-the-sky-32274300

Me inspiró para escribir esto nada más verla.

 

 

18/04/06

Flores de cerezo

Paseé entre los cerezos de aquella montaña durmiente, mirando al cielo, mirando las estrellas y buscando a mi preciada luna. Sin rumbo, caminaba sintiendo en el centro de mi pecho el efecto azul de sus palabras, sintiendo el frío que dejaron sus ojos gélidos, azules y nostálgicos. No podía ni imaginar el daño que me hacía cuando me miraba de esa forma penetrante, mientras sus palabras daban latigazos en mis oídos. Sé que en el fondo no me odiaba tanto como ella decía, aunque se avergonzara de mí, sé que no me odiaba tanto. “¿Mamá tan horrible soy a tus ojos?” Esa pregunta era un eco infinito en mi mente que se repetía sin respuesta alguna. Me tumbé debajo de un cerezo, o puede que me cayera, quién sabe. Cerré los ojos y me regocijé en mis recuerdos, como otras tantas veces había hecho, mirando los árboles rosados. Desde pequeño mi única meta en la vida siempre había sido que tú estuvieses orgullosa de mí. Solía subir a esa misma montaña a recoger margaritas, eran tus flores preferidas, bajaba corriendo y sonriente a buscarte con mi gran tesoro. Tú me abrazabas y me besabas en las mejillas. Recuerdo inventarme historias en esos mismos cerezos, siempre te mentía, quería que al menos tú estuvieses orgullosa de mí, te decía que era delegado de clase y que tenía un montón de amigos que me querían con los que jugaba al escondite. Cuando te ibas a trabajar y me llevabas a casa de la abuela, me sentaba en la escalera y me ponía a hablar con un gato de peluche, ése era mi único amigo. Y me daba igual, aunque el mundo entero me rechazara, si tú me querías todo me daba igual y aún entonces me seguía ocurriendo. Pero traje la vergüenza a nuestra casa y entonces tú me miraste con tus ojos gélidos.

 

Ese día… sólo podía mirar los cerezos, con cada pétalo que arrancaba el viento un pedazo de mi corazón se marchaba volando, y mi tristeza azul se encogía y gritaba auxilio.

Eran las nueve y cinco, ni un minuto más ni un minute menos, entré por la puerta de atrás, creía que estabas dormida. Me equivoqué; estabas allí esperándome, sentada en el sofá. Llorabas. No pude ni mirarte a la cara hasta que me gritaste, lo sabías todo. Me insultaste y me miraste con tus ojos gélidos, yo hice como si no me importase. Mi orgullo se tragó las lágrimas que luchaban por salir con mis ojos y ¿qué más podría haber hecho? Me afectaba demasiado lo que tú pensaras de mí.

Cuando te fuiste a dormir me escapé, fui corriendo hasta llegar a los cerezos donde tú antes me habías mimado. ¿Tan grabe era seguir mi corazón? Cualquier otra cosa que me hubieras pedido la habría hecho sin rechistar, pero eso no.

No podía perder a mi único amigo, no podía perder a la única persona a la que quería por mucho que tú dijeras que era un mariconazo. Le amaba y él me amaba a mí ¿y qué? Tu conciencia retrograda no podría conmigo.

 

Los cerezos me mimarían y el viento me cantaría una última canción de cuna, me adoptaría el silencio si tú renegabas de mí.

By: Yunae

02/02/06

La mariposa

Anoche me convertí en insecto, pero no en un insecto cualquiera; me convertí en mariposa. Alas amarillas bordeadas de un negro impoluto, y ansías de volar. Eran las doce de la noche, así pues no me extrañó mi metamorfosis. Hasta ese momento sólo había sido un capullo con la esperanza de abrirse algún día y dejar de ser un alma sin sueños. No me daba miedo no volver a ser yo, ya que siendo ese insecto alado podía sentir toda mi esencia con sólo agitar las alas. Sentía mi libertad, sentía mi capacidad de cambiar el futuro, no tenía extraños complejos ni preocupaciones sociales, era más yo que nunca. Así que miré a la luna llena desde mi ventana y agité mis pequeñas alas doradas. Sin pensármelo dos veces eché a volar, quería estrenar ese regalo divino, subí a lo más alto del cielo intentando rescatar alguna estrella de la malvada polución. El viento soplaba de forma agradable, estaba nerviosa pero tenía bien claro lo que quería conseguir. Me sentía libre, era una mariposa y mi única preocupación era contártelo. Volé y volé durante muchísimo tiempo, aunque a mi me parecieron escasos segundos.

 

Me sabía de memoria el camino hacía el paraíso. Atravesé un parque lleno de columpios vacíos, toboganes y aroma a juventud. Encontré tu edificio, volé hasta el cuarto piso y me posé en tu ventana. Estaba abierta, era un caluroso verano y el viento mecía tus verdes cortinas. Estabas allí, tumbado en tu cama, durmiendo. Haberme convertido en ese ser, es lo mejor que me podía haber ocurrido. Pude verte. Me acerqué hacía ti. Me posé en tu ombligo y fui subiendo hasta llegar a tu nariz. Agité mis alas y abriste los ojos. ¡Te levantaste de repente! Quizás pensaste que era un mosquito traicionero. Te sentaste y me tendiste tu mano. Me posé en ella y m sonreíste dulcemente.

 

“Pequeña mariposa, eres la cosa más hermosa que he visto en mucho tiempo. ¿Qué hace un ser como tú en esta ciudad? Deberías vivir en un bosque o un jardín alejado del mundo. Te mezclas con nosotros, que tocaremos tus alas para así intentar alcanzar tu belleza y dejarás de brillar. Deberías volar lejos de aquí, el ser humano destroza las cosas hermosas, incluso a las hembras de su propia especie ¿Por qué mostraría alguien respeto por ti?”

 

Eso me dijiste… me mantenías en tu mano y yo miraba tu sonrisa. Pero estabas equivocado, yo sé que tú no querías destruirme. Sonaron las campanas de la iglesia, eran las tres de la mañana. Volé hacía un cojín que había en tu cama y volví a ser yo. Me mostraste que siendo mariposa tampoco podía ser libre, algún día alguien me arrebataría mi brillo fuese lo que fuese. Y decidí que fueras tú. Y allí estaba, sentada, desnuda ante ti. Mis rizos castaños tapaban mi cuerpo, aunque me daba igual como me vieras. Regresé a mi cuerpo, regresé a mis estrías (casi invisibles según tú), regresé a mi barriguilla (que tanto te gusta), regresé a mis preocupaciones sociales, pero algo había cambiado en mí.

 

“He perdido mis alas, ya no soy el ser más hermoso que jamás hayas visto” susurré, una lágrima caía por mi mejilla. “Tus alas siempre están contigo, aunque no se vean. Yo siempre supe que eras mi mariposa.”

Te abracé sonriendo, tú y yo cambiaríamos el futuro, perderíamos nuestro brillo juntos. Y siempre tendríamos alas para poder echar a volar, tendríamos esperanzas y sueños que cumplir juntos. No quería depender de ti pero… ¿me protegerás?

Soy tu mariposa, espero que jamás me arranques las alas.

 

By: Yunae

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